UN, DOS, TRES... (SEXPERIENCIAS SEXCÉNTRICAS)
Salimos de tomar unas merecidas copas. Mi percepción se encontraba increíblemente alterada debido a una interminable ronda de vodkas con la estúpida función de aplacar mis nervios. Aunque era un ferviente devoto de la cerveza, no mostraba el más mínimo desprecio a las otras bebidas alcohólicas, importándome relativamente poco su graduación. Pero mi sistema digestivo sí se había acostumbrado a las débiles birras, así que cuando ingerí de forma histérica aquella sucesión de cubatas, la mente se me nubló por completo. Estaba arropado por CUATRO, una chica especialmente tímida y reservada que, inteligentemente por su parte, optó por un par de sanas bebidas isotónicas. Así pues, la situación era brutalmente desigual. Y en todos los aspectos, ya que aquella noche ERA la noche. Hasta el momento, mi vida sexual se asemejaba más a la de un inofensivo molusco que a la de un adolescente en proceso de construcción. Mi primera gran incursión en el húmedo mundo del folleteo estaba en camino. Con anterioridad ya había echo mis pinitos, supongo que como la mayoría de quinceañeros cachondos rehenes de sus despiadadas hormonas. Asomé la cabecita en este misterioso y vasto mundo mediante una fugaz paja ilegal en el antihigiénico lavabo de mi escuela, gentileza de UNA, una prometedora ninfómana en formación. Excitante y placentero que te cagas, pero algo decepcionante. Como la pobre diablilla feroz todavía no tenía cogida las medidas, zarandeó y maltrató de una manera monstruosa mi novato miembro. Tanto yo como mi alter ego nos quedamos acongojados, doloridos. Me consolé, sin embargo, pensando que a partir de aquel doloroso instante solo cabría en mi futuro sexo desenfrenado. Lo que no sospechaba era que literalmente me esperaba sexo sin freno. Bueno, sin frenillo para ser más exactos. Como las punzadas no remitían, consulté a un médico. Según el vergonzoso intercambio de palabras con el doctor, debía de tener más cuidado a la hora de autocomplacer mi desbordante libido. Sólo en mi mente acechaba la feroz imagen de aquella bestia juvenil arrancándome de cuajo una inútil aunque apreciada parte de mi cuerpo. En todo jocoso, el cabrón de la bata blanca dijo que desgraciadamente no me había podido hacer nada para salvarme el "pellejo". Puto gracioso. Pero volviendo al tema, lo que no sabía mi alter ego era que todavía le quedaba sufrir un infierno. Ocurrió al cabo de unos meses. Con gran ambición y unas irresistibles ganas de emancipación me largué todo el verano a currar en el desagradecido sector de la hostelería. Después de la interminable jornada laboral, convencí a mi compañero de piso para ir a tomar algo, aprovechando el bullicioso ambiente veraniego y la diversidad tanto cultural como racial que ofrece a costa. El plan, que empezó intentando engatusar a alguna guiri pasada de vueltas, terminó coleccionando vasos vacíos en la superpoblada barra de la disco. El alcohol no fermenta igual en todos los cuerpos, y la prueba más evidente se encontraba en la pista de baile. Mi compañero, algo generoso de quilos y luciendo el típico rojo quemado, se movía como un sacrílego del baile. Estaba cumpliendo orgullosamente el primer requisito para triunfar: atraer las miradas. Aunque las humillantes risas a lo bajini del resto de sala, y aquí debo incluirme a mí, no invitabn al optimismo precisamente. Pero haciendo honor a la verdad, debo decir que alguna turista temeraria le cruzaba algún comentario, que por muy desolador que fuera, era más de lo que yo me ganaba anclado en la barra. Realmente mi situación era más cobarde y nefasta. Cuando ya pensaba en abandonar y lanzarme de cabeza al impenetrable mundo del sacerdocio, me entraron un par de tipas que conocía del curro. Activando algún misterioso mecanismo, mi compañero, al percibirme conquista involuntaria, abandonó la pista para interponerse entre las desinhibidas muchachas y un servidor, lo que propició algunos tímidos vítores por parte de la muchedumbre que ahora podía bailar sin poner en riesgo su integridad física. Después de una exhaustiva valoración me decanté por la que parecía más majetona, aunque sus medidas no fueran precisamente para tirar cohetes. Mi colega, tanto o más falto que yo en la materia claudicó y lanzó los tejos desesperadamente a la otra. Su cuerpo, con algunos matices, se ceñía más a la idea convencional que todos tenemos sobre el cuerpo humano, pero poseía una malévola mirada que te escudriñaba detrás de una extensa plantación de acné juvenil. Tras unas copas patrocinadas por un servidor nos dirigimos los cuatro a nuestro insalubre apartamento. El peso de la conversación lo llevaba mi alcoholizado amigo, lo que menguaba mis ya de por si débiles posibilidades de éxito. Una vez en el nidito de amor, me fui al lavabo para limpiarme los dientes. Que por higiene no sea. Y mientras me estaba concentrando para dejar el pabellón bien alto, sufrí una traición digna del mismísimo Judas. Mi colega se había atrincherado en su habitación con la chica que yo me había estado currando magistralmente. Así pues, pensando en lo elástica y carroñera que es a fidelidad de los amigos cuando una figura femenina interfiere, me eché en mi cama. Para digerir aquella puñalada trapera intenté liarme un porro. Mi sagaz tarea, sin embargo, fue interrumpida por la presencia de DOS, alias Rostro Volcánico. Sin mediar palabra alguna, se desembarazó de su camiseta y empezó a ahondar en mi escuálida anatomía, lo que me obligó a abandonar mi peta en un cenicero. Los dos sabíamos que éramos un rollete recurrente, fruto de sendos rechazos, por lo que nos entregamos a los instintos más animales. La ropa desapareció en cuestión de segundos y ya me disponía a dar el paso definitivo, a cruzar el umbral que tanto se había resistido. Clamaba al cielo para bendecir a todo dios y murmuraba imaginativas dedicatorias para la familia, para los amigos por haber estado allí, etc., cuando DOS, inesperadamente, redujo la marcha. Jadeó que sería mejor un polvo seco. Mi ignorancia en el tema provocó que aquello consistía simplemente en una variante en la que lo importante era la fricción. Resignado, empecé a frotar como un conejo hasta que llegó el mágico momento en que todo se reduce a un espasmo. El pelotazo hizo que me quedara sobado instantáneamente. Sólo alcanzó a recordar como me pidió que le diera un beso de buenas noches, oferta que rechacé rotundamente. Si hubiera sido geólogo quizás me hubiera interesado, pero aquellas erupciones eran asquerosas. Cuando al cabo de unas pocas horas me levanté para cumplir con mi deber profesional, agonizando y con la boca seca y pastosa, comprobé que aquella zorra se había tomado la venganza distribuyendo estratégicamente enormes chupetones a lo largo del cuello. Joder, parecía un leproso. Soporté estoicamente el cachondeo general y las miradas furtivas de la gente durante una interminable semana, lo que torpedeó considerablemente mi tocado amor propio. Mi primer intento de meterla en caliente había fracasado estrepitosamente.
Evocando aquel cúmulo de tristes experiencias culminadas por aquella terrible punzada y la posterior etapa de convalecencia, nos dirigimos hacia el acogedor pisito de CUATRO. Era tarde y el frío intenso de la brisa nocturna nos azotaba. A mí me sentaba de maravilla, ayudándome a contener un mareo que iba camino de convertirse en una monumental y poco conveniente trallada. CUATRO, ante mi desestabilizado equilibrio, me rodeó con su brazo. Rondábamos el mes y medio saliendo, aunque dudo que ninguno de los dos se lo tomara demasiado en serio.
Ella por traumatizada y desconfiada debido a su anterior relación, y yo por naturaleza. Había un silencio admirable para encontrarnos en una ciudad. A ella parecía no importarle en absoluto lo que nos deparara la noche. Bueno, de hecho ésa es la actitud normal en un ser humano. Provenía de una tortuosa relación con un tipo con innumerables antecedentes. Los juegos eróticos del tío resultaron ser de lo más excéntricos y probablemente punibles legalmente. Llegamos al número trece. Entramos y nos internamos en el ascensor. Una vez dentro y a buen resguardo, empezamos a besarnos, primero de forma pausada y cariñosa y luego ya de forma apasionada y escandalosa. Regularmente debía despegarme de aquella succionadora, ya que respirar era un requisito fundamental para no potar, lo que obviamente me hubiera dejado a dos velas para el resto de la noche. Maliciosamente, deslicé una mano en el interior de aquella ceñida camisa hasta que acerté con sus firmes pechos. Jugueteamos hasta que alcanzamos el piso superior. La máquina libidinosa ya se había puesto en marcha y no había dios que la parara. El recorrido hasta su habitación fue de despelote mutuo, y una vez allí, nos lanzamos violentamente a la cama. Por desgracia, ninguno de los dos se fijó en el gatito que aguardaba a su dueña en la cama, lo que me costó un profundo arañazo en toda la espalda. Joder, ¿es que no podía mantener actividad sexual alguna sin que al día siguiente estuviera marcado como un puto corderillo? Irritado, le lancé una patada certera en la cabeza mientras seguía besando a CUATRO. Cabrón. Se lo tenía bien merecido por atacar por la retaguardia. El gato se alejó maullando en la oscuridad. Durante el lapso de tiempo en que me había enzarzado con el felino, CUATRO ya se había despojado de toda su ropa. Me ayudó con mis tejanos mientras yo me encontraba enfrascado librando mi propia batalla contra los zapatos. Costó lo indecible, pero al final, aunque cortó un poquito el rollo, lo conseguimos. Parecía que a aquella gatita lujuriosa no le había importado. Ahora ya estábamos tal y como Dios nos trajo al mundo. Bueno, algo más desarrollados. Las glándulas salivares y el perverso tacto funcionaban a plena potencia. Mi erección iba tomando cuerpo a medida que se veía sometida a todo tipo de masajes. Se puso a horcadas encima de mí, pero en el momento clave, en el punto álgido, mi músculo del amor empezó a menguar inexorablemente. Mi excitación se convirtió en sorpresa y más tarde en indignación. MIERDA. No podía ser. CUATRO lo notó al instante y lo que iba camino de terminar en la posición del misionera lo hizo en una actitud digna de ello. El jadeo dejó paso a un suspiro y soltó un sincera y caritativo "no pasa nada". Quedaba el premio de consolación, literalmente, así que, con mi dignidad bajo tierra, terminé mi trabajo y la masturbé. La educación siempre por delante. Acurrucados, encendimos un petardo y nos quedamos contemplando al aburrido techo.
- Tranquilo, tío. Eso le puede pasar a cualquiera - dijo después de soltar una aromática bocanada de humo.
- Joder, no lo entiendo. Debe de ser el puto alcohol. Nunca me había pasado.
Comprensivamente me besó en la mejilla, me pasó el canuto y se quedó dormida. Ala, como si no hubiera pasado nada. En cambio a mí me costó bastante más tiempo poder conciliar el sueño. Mi cabeza estaba atormentada y no dejaba de procesar causas, analizar datos, ordenar pensamientos... me dormí.
A altas horas de la madrugada me desperté sobresaltado. El corazón me latía poderosa y rítmicamente. Estaba empapado de una fina película de sudor y gozaba de una elefancíaca erección. MILAGRO.
- ¡¡CUATRO, despierta!! ¡¡He vuelto al mundo de los vivos!!
Mis expresivos gritos truncaron el estado onírico de CUATRO, que totalmente adormilada se dio la vuelta y me dedicó una inocente sonrisa.
- Mañana, cariño, mañana - y volvió a su posición inicial.
Resignado pero enormemente feliz me la casqué con gran delirio. Incluso pensé en poder el temazo "Las cuatro estaciones" de Vivaldi, pero en un ataque de serenidad lo descarté por escandaloso. Con gran alivio besé la frente de una roque CUATRO y volvé a sucumbir al todopoderoso sueño.
Pasaron los días. Intentaba recordar si en algún instante de mi vida había faltado al respeto a Dios del sexo. Parecía que me hubiera lanzado una maldición perpetua. Al día siguiente de mi gatillazo con CUATRO lo volvimos a intentar infructuosamente. La estúpida coartada del alcohol quedaba totalmente descartada, ya que nunca antes había estado tan sobrio. Pero mi alter ego se encogía tímidamente cuando le tocaba entrar en escena. CUATRO, heroica y tenazmente, me seguía respetando aunque estaba claro que el problema era yo. No tenía ningún tipo de pudor a la hora de culparme de mi bajo rendimiento sexual. Me maltrataba psicológicamente, lo que inevitablemente aumentaba la reclusión de mi miembro. Joder, era propietario de una polla autista. Me bloqueaba en cualquier situación y evocaba nostálgicamente mis años de ferviente sexualidad. Tenía un apetito voraz y cualquier detalle era suficiente como para bombear sangre a mi hiperactivo pene. Una corrida media posee unos 500 millones de espermatozoides. Pues seguramente vacié todo el stock precozmente. Aunque cabe aclarar que el problema no era de esterilidad, sino de erecciones a la carta. No había manera de dominarla, iba a su puto rollo. Antes de CUATRO, me enrollé con una tipa. TRES se llamaba. Estábamos en igualdad de condiciones. Para ambos esto del sexo era un paraíso al que queríamos llegar pero que siempre perdíamos el tren. Total, que éramos vírgenes. Aquello fue un auténtico flechazo y en un par de semanas ya estábamos entregados el uno al otro. La noche mágica no tardó en llegar y yo estaba más concienciado que nunca. Era amor puro y libre, lo que en teoría debía de servir para eliminar las barreras psicológicas y los prejuicios estúpidos. En cierto modo funcionó, pero no tuve en cuenta otros factores que paradójicamente conlleva el amor. TRES era una muchacha con unos valores inamovibles, fruto de una severa educación por parte materna. No es que fuera una puta monja recatada, pero tenía muy claros los pasos de su primer polvete. Por desgracia yo no estaba al día de sus firmes condiciones en la cama. El jugueteo se hizo eterno ya que íbamos despacio, excitantemente despacio. Uno de los consejos de mi hermano, follador nato y empedernido, era que antes del clavo había que iniciarse con una suave masturbación femenina. Haciendo acopio de valor, introduje mi sensible dedo corazón por aquella raja al rojo vivo. Pero desconcertadamente TRES se negó en redondo.
- Tú, que paso de eso. Vamos directamente al plan B. Si te apetece.
Coño, claro que me apetecía. Lo deseaba. Moraleja: los consejos sexuales o amorosos no sirven de una puta mierda. O mi hermano era un trolero portador de una fama inmerecida o aquella chica se salía de los cánones. Pero en aquel momento lo único salido era yo, así que haciendo gala de una habilidad desconocida intenté hincarle mi alter ego.
- Para para. ¿Tienes preservativo?
Hostias, no disponía de ninguno. Crucé los dedos y aguardé a que ella sacara uno. No es que esperase que ella fuera coleccionista de condones, pero yo que sé, quizás tenía alguno de esos de propaganda. Se mostró inflexible. Si no hay manos no hay galletas, dijo irónicamente citando el memorable chiste. Aquello me hizo tanta gracia como una operación de fimosis.
- Si me quieres, esperarás - balbuceó defendiendo ferozmente sus convicciones sexuales.
La verdad era que tenía razón. Me refiero a que mi misión en el mundo a partir de aquel trágico momento era aprovisionarme de condones. En pocas horas podría disfrutar del prohibitivo sexo. Para hacer menos dramática la velada me la menó, a pesar de que el resultado fue otra vez decepcionante. Evaluando la disparatada posibilidad de proponer al Ministerio de Educación que añadiera un cursillo acelerado de masturbación, me corrí. Aquella noche no me quedé a dormir. Me excusé alegando que tenía que cuidar a mi madre que estada postrada en la cama enferma. Excusa miserable, lo sé. Me pateé toda la ciudad en busca de una maldita farmacia de guardia. Nada, cero, negativo. Reprochando el pésimo servicio sanitario de este país me largué a casa.
A la mañana siguiente TRES no quiso contestar a mi llamada. Argumentó que no estaba segura de lo nuestro. Al cabo de un tiempo descubrí accidentalmente que estaba con otro, curiosamente un salvaje depredador de carne femenina. Joder, vaya mierda de flechazo. Cuando pille a Cupido le voy a meter una paliza que se va a cagar, divagaba yo. Aquella semana me quedé en casa contemplando, absorto, el condón que había robado vilmente y con enorme riesgo a mis padres. A partir de aquella amarga experiencia, un futurista envoltorio plateado, con DUREX impreso en el anverso, sería mi nuevo e inseparable carné de identidad.
Alguna pretenciosa corriente filosófica dice que la historia es una uniforme e invariable línea recta. Pues yo soy un espécimen digno de exponerse en cualquier museo de historia natural a que mi vida traza un dibujo con un despreciable formato cíclico. Continuamente me veo abocado al fracaso. Con CUATRO la historia guió el curso que el fatídico destino había reservado para mí. Lo dejamos. En honor a la verdad, fui y el que desaconsejó que alargáramos aquel suplicio. Fruto de mi paranoia y desazón por el fin de tan apreciada relación, esbocé una cínica sonrisa al pronunciar el maldito "alargar".
- Venga tío, no seas tan cruel contigo mismo. El problema es que estás demasiado tenso. Relájate y disfruta. Piensa sólo en ti, no quieras satisfacer a cualquier precio a la pareja, sino sólo te preocuparás por sus reacciones.
Aquella tipa era un sol. Lo dejé porqué no me apetecía labrarme un futuro en el que estuviera presente una chica fenomenal y a la que pudiera arrastrar por una senda inadecuada yo era radicalmente independiente, con miles de manías y con clara vocación solitaria, con rasgos casi autistas. Quería trazar mi camino yo sólo, y no era nadie para obligar a CUATRO a escoger ese mismo duro e imprevisible camino. Pero aquello que dije se me quedó grabado en el lóbulo izquierdo del cerebro. Durante un razonable espacio de tiempo mi mente se iluminó y dejé de maltratarme por aquella misteriosa disfunción. Lo que CUATRO esgrimió estaba lleno de sabiduría femenina y de lógica aplastante. Volví a gozar de erecciones esporádicas y al cabo de unas semanas ya hacían acto de presencia con inaudita insistencia. Disfrutaba de las pajas como un recién llegado al esquizofrénico mundo de los adolescentes. Cualquier excusa era válida para celebrarlo meneándosela.
Una noche de tantas salí a por una cerveza con los colegas. Una cerveza lleva involuntariamente a otra cerveza, se amenizan las esperas liando canutos que te abordan de todas partes y antes que puedas razonar y largarte para casa, ya vas bolinga perdido. Esta es la única razón que se me ocurre para justificar la presencia de cientos de personajes en discotecas donde la música te sacude violentamente, donde los seguratas son unos borderlines susceptibles y agresivos y donde te meten sin ningún remordimiento un sablazo del copón por una simple cervecita. La otra razón, sin duda alguna el majestuoso ganado que pasta por allí. Es una evidente apología al sexo reprimido. Sólo los más fuertes gozan categoría suficiente para lograr encandilar a alguna periquita. O esos, o los que señalaban que yo me encontraba en uno de ellos. Mientras bailábamos incongruentemente en la pista una tipa, con la que ya había entablado el contacto visual de rigor, se me acercó sin complejo alguno. CINCO me parece que se llamaba. La muy condenada iba a piñón. Me entró de la manera más vulgar pero efectiva. Era lo que los entendidos llamarían un callo, pero estaba deseoso de llevar a la práctica mis progresos fálicos. Me dejé ligar, colaborando en lo que me permitía aquella veterana de guerra. La invité formalmente a acompañarme a la playa, donde tenía previsto desplegar todas mis evidentes mejorías. Ella y sus ciento y pocos quilos de masa corporal irregularmente repartidos accedieron y los largamos. Alcancé a oír algún tímido grito de ánimo por parte de un reducto de mis ebrios colegas, aunque sabía a la perfección que un amplio sector no lo aprobaba. Decidí dejar la caballerosidad en el guardarropa y comportarme como una bestia erótica. No paraba de recordar las palabras llenas de sentido de CUATRO. Nos tumbamos en la arena y pospusimos el palique para otra ocasión. Aquello era un coñazo del quince, y no me refiero al órgano reproductor de CINCO, son al rollo de la playa, que está cargado de falso misticismo y de tópicos de andar por casa. La humedad provoca que la arena se te pegue, creando un asqueroso e incómodo hombre-croqueta. Para fumar unos canutos con una litrona en una mano y una guitarra en la otra no esta mal, pero para llevar a cabo el acto sexual jode un rato. Aquella tía era una maestra en el bello arte del despelote. Se movía como una foca atrapada en una red ilegal, sin embargo sus movimientos se podían considerar gráciles debido a su profesionalidad. Digo lo de maestra en el difícil arte del despelote porqué en la playa te salen voyeurs de debajo las piedras, lo que obliga a desprenderse de las piezas selectivamente, subiendo o bajando estratégicamente las prendas clave para dejar en libertad de movimientos los órganos que tomarán el protagonismo. La etapa de excitación fue fugaz, pero lo suficiente como para motivar a mi alter ego. Sin embargo el resultado volvió a ser el de siempre. Mi alter ego retrocedió hasta adquirir un tamaño ridículo e incluso ofensivo. La ninfómana CINCO no entendía lo que estaba sucediendo y se esforzó para ladrar un histérico:
- ¿Qué coño te pasa, tío? No me digas que he pillado un puto impotente...
Mierda, la palabra maldita ya había salido. Un terrible fulgor de rabia y, efectivamente, impotencia desdibujó mi rostro y lo transformó en el de una fiera herida, pero no muerta. El contraataque fue feroz, directo a la yugular de aquella mole.
- Me cago en todo, con un monstruo como tú, ¿de verdad creías que se me iba a levantar?
La fiesta terminó fatal, y ambos ya podíamos añadir otro hecho traumático a nuestros deprimentes currículums.
Estaba claro que aquello no podía continuar. Era portador de un problema y el primer paso consistía en asumirlo. Debía de encontrar alguna solución, algo difícil en un individuo como yo que lo deja todo en manos de la improvisación. La lógica me empujaba a visitar a un especialista, pero primero debía de averiguar el origen de la disfunción. Porqué el dilema moral, citando al borrego de mi profesor de filosofía, radica en la causa-efecto. Era una obviedad que no llegaba suficiente riego sanguíneo a mi extremidad más apática, o que cuando llegaba, la sangre se aburría de esperar y emprendía una retirada anticipada. Pero esto era el efecto. Tenía que encontrar la causa. Y el ser más indicado para un diagnóstico acertado llevaba bata blanca, se llamaba doctor CIEN y era el vecino del tercero. Anteriormente siempre había creído que era una lujosa ventaja que el médico del barrio compartiera edificio con un servidor, pero ahora semejante teoría empezaba a hacer aguas. Mi escurridizo ego no aguantaría la presión que toda la vecindad compartiera el secreto a voces que al del quinto no se le levanta. Porqué eso del juramento hipocrático y del secreto profesional queda muy chulo cuando te gradúas y prometes, con la mano firmemente aposentada en el corazón, que toda consulta clínica es personal e intransferible, pero más chulo es todavía llegar a casa y gritar como un poseso a tu mujer que el niñato ese del quinto, el que fuma marihuana y repasa viciosamente a tu hija, ya no supone una amenaza para su virginidad. Así pues, la visita al médico quedaba descartada. A no ser que fuera a un médico de otra zona, cosa imposible en el inescrutable mundo burocrático de la sanidad pública. Y la solución, como siempre, vino de la mano de la televisión y de los amigos. Televisión porqué un acertado anuncio de Viagra se apareció milagrosamente ante mí, y de los amigos porqué tenía uno que estaba estudiando Medicina en otra ciudad. La escribí y construí una mentira perfecta: necesitaba una pastillita de esas para probar sus efectos en mi perro. Le dije que tenía una historia en mi cabeza que podría ser la hostia. Al cabo de una semana un sobre con la alborotada letra de mi amigo descansaba tiernamente en mi buzón.
Bien, de puta madre. Disponía ya de aquella bendita cápsula que, sin duda, obraría el ansiado milagro. La verdad es que el modo de hacerme non ella fue algo exagerado, pero evité tener que mostrar mis carencias al típico doctor sabelotodo. El precio moral de una receta de Viagra era sumamente elevado, más de lo que mi trastornada y avergonzada personalidad podía permitirse. La putada, pero, era que en aquel envoltorio no iba adjuntado ningún tipo de posología o características de efectos secundarios. Y seguro que tenía unos cuantos. Pero ya no me quedaba nada que perder. Todo al nueve rojo, no va más. Con una traviesa sonrisa entre dientes me introduje en el oculto mundo de la perversión y el vicio. Vagué por la ciudad de tugurio en tugurio, a la búsqueda de alguna fémina cachonda. El mercado no era nada espectacular, pero hacía tiempo que había renunciado a las modelos despampanantes. El objetivo prioritario se podía definir fácilmente: un cuerpo cuya masa no superara proporciones porcinas y una mente inquieta pero simple. Nada de feministas reivindicativas. En el tercer bareto, vencido por las ansias de folleteo, me fui al lavabo a comerme la pastillita. Como cuando me zampé mi primer éxtasis, una mezcla de extrañas sensaciones se apoderaron de mi cuerpo. Aquello era totalmente psicosomático, lo sabía, pero qué coño, daba un rollo que te caga. Me fui con el ego subidísimo a por otra birra. Me volqué concienzudamente en una camarera rolliza, probablemente de la misma quinta que mi hermano, el rey follador. Yo qué sé, quizás aquella generación poseía otra visión más liberal del sexo. Me la trabajé con descaro. Con clase pero firme, sin concesiones. El resultado fue un ridículo espantoso. Mi generosa elocuencia fue contrarrestada por un ofensivo:
- ¿Otra birra, bollicao?
Visto que con sólo la labia no iba a ningún lugar, me retiré malherido. Joder, aquellas pivas no me seguían el juego. Ahora sí que sólo me quedaba una salida posible: confiar en una profesional.
Crucé el barrio chino, mimetizándome por las concurridas calles como un camaleón hasta alcanzar un local que emitía unos considerables destellos rojos. Era un claro aunque desilusionante plagio del look del Las Vegas.
A pesar de mi firme convicción en el asunto, decidí alejarme de aquel lugar. A fin de cuentas era mi ciudad, lo que significaba inequívocamente que todos mis conocidos, amigos, exnovias, parientes y tal pudieran rondar por ahí. Poco probable, pero estadísticamente posible. Cogí mi bólido, un desvalijado polo rojo, herencia de mi abuelo, y me lancé a ciento veinte por la desolada carretera. Aquella cafetera prehistórica temblaba espasmódicamente, transmitiéndome unas vibraciones mágicas y sensuales. El bulto, encarcelado por unos pantalones prietos, palpitaba potentemente pidiendo paso. Me desabroché la bragueta antes que cediera del todo y luciera un perfecto descosido en mi entrepierna. Aquello empezaba a funcionar. Realmente se parecía la hostia a un colosal subidón anfetamínico. Alcance, sudando a mares, un antiguo convento jesuita convertido irónicamente en la casa de citas de la zona. Horterísima. Luces de colores chillones te guiaban hasta un descampado que quería aparentar ser un parking. Menudo fracaso. Un rótulo lumínico casero, de un rosa fluorescente pasado de moda, estornudaba flashes. Aparqué, dejé reposar el coche y suspiré nerviosamente un "venga campeón". Mi polo respondió satisfactoriamente, entre otras razones porqué por primera vez en muchos años pasaba desapercibido en un aparcamiento. Del interior del paraíso sexual se percibía tímidamente una voz alcoholizadamente masculina. Mierda, todavía existían locales donde la gente gozaba con el temible karaoke. Dudé, pero la hinchazón estaba adquiriendo medidas nucleares. Calibrando la remota posibilidad de encontrarme a Nina Hagen paseando altivamente su patético look de los infames ochenta me introduje en aquel inmenso agujero en el tiempo.
El hedor a macho cabrío transpiraba de aquellas ennegrecidas y mugrientas paredes. También las siluetas femeninas, sobadas durante generaciones de perdedores destilaban un fuerte olor. Me deslicé disimuladamente como un ágil reptil hasta alcanzar una esquina de la barra. Flanqueado por una impagable penumbra, intenté descifrar aquel penoso escenario. Una chica terriblemente flaca, con todos los números para ser yanqui, bailaba con un camionero sucio y bigotudo en una especie de podio. Un par de mujeres, castigadas severamente por el paso del tiempo y por su desagradecida profesión, aguardaban en la barra sorbiendo distraídamente mejunjes seguramente con gigantescas cargas de alcohol. Una de ellas desafiaba a la clientela con una cara de mala leche que te ponía los pelos de punta. La otra, algo más adaptada a su estrato social, mostraba una sonrisa increíblemente deteriorada. Joder, los dientes, o mejor dicho la falta de ellos, justificaba que su compañero quisiera sonreír. Quien coño sabía lo que escondía aquella tipa detrás de su boca, que al fin y al cabo era lo que le daba de comer. Este era el apartado nacional. Luego, como reafirmando el miserable concepto de apartheid, estaba la sección inmigrantes. Todas recogidas en una mesa chismorreando en extrañas lenguas. Fijo que estaban hablando de mí, pero mostraban una alarmante capacidad de relación para dedicarse a la prostitución. Estaba claro que no era su vocación. Todo ello bajo el riguroso control del camarero, que mientras pasaba un trapo por la barra, lanzaba miradas cómplices a sus discípulas. Se acercó y me esbozó una complacida sonrisa de bienvenida:
- ¿Qué vas a tomar, campeón? Las tengo rubias, negras, fuetes, dulces...
- Que sea una cerveza negra y fuerte, por favor.
Me mostró sus piños solidariamente y matizó:
- Ya me entiendes cachondo... - mientras me servía una convencional birra de barril. Aquel "cachondo" se me insertó en la cabeza y empezó a amplificarse demoníacamente.
- Hummm... no sé, una mulatita quizás -. Hostias. Aquella respuesta me sorprendió. Juro por dios que un servidor es un chico tímido y violentamente introvertido, pero joder, uno no es de piedra.
- Parece que tienes buen gusto, amigo -. Guiñó un ojo a una jovencita de ojos profundos resguardada por las otras importadoras del sexo. Hubo un ligero murmullo seguido por risitas histéricas. Joder, aquello era de locos. Por suerte, o desgracia, a sangre hirviendo en mi entrepierna logró que me zafara de aquel pensamiento negativo. No iba a abandonar precisamente ahora, por valores morales que no tenían sentido alguno.
- Coño, SEIS, ¡¡¡¡¡ven aquí!!!!! Son cinco talegos amigo, pero nunca volverás a invertir en un valor tan seguro. Ni Telefónica ni hostias. Una fiera. Lo que te diga, un puto animal en la cama.
SEIS se me acercó con la cabeza gacha y modulando su cuerpo azabache rítmicamente. Me cogió de la mano y me guió en silencio escalera arriba. Aquella ausencia de sonidos me ponía a cien. Notaba el hormigueo fluyendo localmente por mis excitados globos rojos. Pero la voz ronca carajillera del camarero me arrancó de mi coma erótico:
- Y vosotras chicas, ¿¿¿queréis hacer el favor de beber menos y enseñar más tetas???
Pero una rebelde y aguda voz, con un exótico acento caribeño, respondió:
- Jefe, ¿qué culpa tenemos si la gente cada día folla menos?
Alcanzamos el tenebroso piso superior. La concentración en la que me encontraba sumido me evitó tener que buscar la obvia razón de aquellos desgarradores gemidos. Superamos un interminable pasillo plagado de puertas a cada lado y nos metimos en una triste habitación. El presupuesto de aquel tugurio alcanzaba sólo para una cama destartalada que ocupaba pesadamente el centro. Me desplomé en el borde de la cama y empecé a quitarme los zapatos. SEIS tuvo menos trabajo, puesto que su uniforme era insultantemente feo pero la hostia de práctico. En un abrir y cerrar de ojos su ropa ya había desaparecido, lo que le dejó tiempo para colaborar en mi despelote. Mientras me desenfundaba cariñosamente mi camiseta me quedé hipnotizado con su felpudo del amor. Joder, aquel tupido y sensual matojo me estaba mirando fijamente. Logré esquivar el aprensivo poder de aquellos rizos, pero los oscuros pezones de SEIS me atraparon. Estaba al límite y empezaba a perder el control. Alargué una juguetona mano hasta agarrar sus insignificantes pechos morenos... ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ... Joder. Me estaba mareando peligrosamente. Una convención de volcanes en erupción se había citado en mi bajo vientre y unas dolorosas descargas eléctricas habían sustituido a la sangre. Me tumbé en la cama blanco como un papel de fumar intentando no desvanecerme. SEIS seguía a lo suyo y suponiendo que yo estaba llevando a cabo algún excéntrico rito sexual se desembarazó de mis pantalones. Tenía la vista clavada en el techo aunque el muy jodido no paraba de dar vueltas. Entonces un borroso rostro envuelto en una maraña de pelo negro invadió mi confuso campo de visión. Farfullaba palabras ininteligibles para mí. Mi corazón bombeaba afiladas púas. Entonces aquel cuerpo se tornó azul. PLOF. Lo juro. Ahora aquella chiquilla gozaba de unos irradiantes ojos azules, con el pelo y la faz de un azul celestial. A habitación, antes marrón por la falta de una mano de pintura, era como un funesto océano.
Aquella azulada visión aceleró aún más mi taquicárdico pulso. Estaba acojonadísimo, pero la firme y tranquilizadora mano de SEIS se pasó en mi frente y me acarició como a un chucho terminal. Esbozó una sonrisa fuera de lugar, como solidarizándose con mis extrañas fantasías sexuales y bajó la cabeza color turquesa hasta mi tieso alter ego, completamente ajena a mi inevitable muerte. UAU. Empezó a repartir suaves besitos por todo aquel cilindro, propiciando que ahora incluso las estrellas que percibía fueran azules. Recobré la compostura y empecé a disfrutar de aquel inesperado viaje cromático. Que hostias, a partir de ahora me iba a montar temibles fiestas de Viagra. Las otras sustancias alucinógenas que había ingerido en mis locos tiempos de juventud no proporcionaban placeres tan descomunales. SEIS sustituyó aquellos protuberantes labios por una traviesa lengua que hizo estragos en mi amiguito. Mientras con la mano se sujetaba la incontrolada melena no cejaba de bombear su cabecita de arriba abajo, arriba abajo, succionando todo lo que se moviese. Mis oídos volvieron lentamente a captar las ondas que mi acelerado cerebro convertía en sonidos. Aquello me ayudó a dominar otra vez la situación, aunque sólo me sirviera para escuchar muelles chirriantes y un leve sonido gutural caribeño. La plataforma petrolífera que se había aposentado en mi entrepierna llegó a su fin y escupió una cantidad sorprendente de crudo. Acompañé al descubrimiento de aquel yacimiento de oro blanco con u descompuesto alarido animal. SEIS se volvió hacia mi como avergonzada por aquella explosión de espermatozoides. Al cerciorarse de que mi alter ego todavía se encontraba en pie de guerra susurró arrastrando un sensual montón de consonantes sonoras:
- Sielito, veo que eress de loss que less gusta repetir, ¿no?
Yo era incapaz de pronunciar palabra alguna. Estaba exhausto, pero el maldito capullo no quería retirarse del combate, y aquella exótica bestia se mostraba inflexible. Aquel mojito morenito era insaciable y se encaramó a horcajadas encima de mí. Disfruté de lo lindo otros interminables diez minutos, pero parecía el puto día de la marmota. Los polvos se sucedían vertiginosamente alternando posturas que ella, mujer de experiencia, improvisaba. Mi alter ego estaba decidido a devolverme uno a uno los innumerables días que me había dejado en la estacada, y aquel ron en forma femenina devolvía decidida el reto. Tenía la triste sensación que yo ya sobraba, que aquello era un duelo a muerte entre mi polla y ella. Joder, estaba en carne viva, pero muerto antes que deshonrado, parecía vocalizar aquel candescente menhir.
Salí ranqueante de aquella lúgubre habitación. Mis piernas, débiles debido al poder vampírico d aquella diablilla celeste, me arrastraron hasta el pasillo. Dejé la tétrica morada de un drácula en versión caribeño a mis doloridas espaldas. Divisé fugazmente y por última vez aquella silueta que yacía complacida en la cama, con una amplia sonrisa de placer cósmico. La verdad era que los cuarenta talegos que descansaban en la almohada influían en la felicidad de SEIS. Joder, siempre me dijeron que perder el control podía salir muy caro, pero no me imaginaba que los tiros fuesen por ahí.
El descenso de las escaleras se hizo duro y pesado y a cada peldaño unos espantosos retortijones acribillaban mis partes. Cuando llegué al desolado bar quedé atónito al comprobar que el sol ya asomaba. Tantos polvos habían nublado mi precaria noción del tiempo. Joder, me había pasado una vertiginosa cantidad de tiempo dale que te pego y mi deteriorada salud y mi abúlica cuenta corriente daban fe de ello. Aunque más tarde, analizando lo sucedido con un criterio sereno y objetivo, llegué a la conclusión que era un sacrificio lógico y en cierto modo inevitable. Que dieran por el culo a la salud, ya que de hecho era todo culpa suya. Y respecto al dinero, ¡qué coño! en algo había de invertir, ¿no? Me acerqué a la barra, donde el camarero, imperturbable, seguía limpiando la barra con el mismo trapo de siempre. Intentando comprender porqué la barra estaba tan sucia si no paraba de sacarle brillo le pedí una copa de champán. Iba a celebrar mi entrada triunfal en el mundo de los adultos. No importaba que fuera tarde y artificialmente. El camarero me lanzó una mueca con intención de sonrisa, siendo el resultado otra vez una grotesca imagen de unos sufridos piños. Despareció detrás de una curiosa cortinita de esas que simulan tirabuzones metálicos y volvió con una botella de vino espumoso.
- Bueno, no hay champán, pero tengo algo mejor para ti, campeón. Una botella añeja de vino espumoso de mi pueblo. Ya se hacía vino en la región cuado esos franchutes capullos todavía se tiraban piedras. Jodidos cabrones, nos plagian el vino, le ponen nombre con gancho y ya se creen los putos amos del mundo.
A todo eso ya había descorchado su valioso vino cuando volvió con su discurso panfletario.
- ¡Si incluso el francés no es suyo! Las gabachas son todas unas remilgadas. Eso del francés lo importó un vendimiero de mi pueblo que se fue a Francia a recoger uvas. Ya sabes, todo el día currando entre uvas y palurdos es estresante, así que al final de la jornada necesitaba un poco de acción. Ero el muy jodido quedaba hecho polvo después de doce horas con el sol machacándote la cabeza, así que sol le apetecía una mamadita. Nada de esfuerzo. El rumor se esparció por todos los currantes y por eso lo llaman así. Ya sabes, "vete con el francés" y así ha quedao. Fua, vaya tipejo...
No daba crédito a lo que estaba escuchando. Aquel puto pueblerino estaba convencido que su desconocido pueblucho era el epicentro de la civilización moderna. Le dejé seguir vacilando mientras sorbía aquel zumo de uvas con gas. La botella reposaba ajena a todo en la barra la capa de polvo con las huellas de aquel paisano filósofo marcadas en ella corroboraban que se trataba de vino añejo.
Lo mejor para desconectar de aquella apología regional era largarse. Me dispuse a pagar.
- Tranquilo campeón, a esa copa estás invitado.
Lo dijo como si le hubieran tocado alguna fibra sensible, pero la verdad era que con la pasta que me había levantado su amiga violadora hubiera podido duplicar la producción de ese asqueroso vino de su puto pueblo. Una vez fuera, contemplé el sorprendente amanecer que tenía lugar en aquel momento. Qué placer poder presenciar como esa inmensa bola de fuego marca el inicio de una frenética jornada para esos hombrecillos. En cambio para un búho crápula como yo, significaba e fin del silencio, de la quietud, de la pureza. De un magnífico ambiente apto sólo para espíritus inquietos que no están de acuerdo con las rígidas y estúpidas normas de un mundo egoísta, salvaje, carnívoro.
Me metí radiante en mi fiel coche. Rezumaba optimismo por los cuatro costados. Arranqué ya me interné trotando por la carretera que desembocaba en la bulliciosa ciudad que empezaba a desperezarse. Mi ancha y espectacular sonrisa contrastaba con las caras mortecinas y somnolientas de los conductores con los que me cruzaba. Probablemente llegaran tarde al trabajo. Pero ya se sabe, más vale tarde que nunca. Y si no que me lo pregunten a mí. Y es que cuando se me mete una cosa en la cabeza...
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Autor: Bern
Va, que és molt bo!! Ara vull la segona part, quan el prota ja és un fiera!!
Fecha: 10/10/2007 21:20.