FUEGO
- ¿Sí diga? - dijo todavía presa del sueño.
- Señor, le llamo de los bomberos. ¿Es usted vecino de la calle Antártica? ¿Podría decirme en qué piso vive?
- Sí. En... el nueve... El número nueve planta seis... ¿por qué... que... qué sucede?
- Soy el comandante Casquete. No quiero alarmarle, pero se ha declarado un incendio en el segundo piso de su edificio. Parece que se ha extendido hacia el tercero. Afortunadamente hemos podido localizarle a tiempo. Pero por desgracia es al único vecino con el que hemos podido contactar. Le rogaríamos que abandonase lo más rápidamente posible su domicilio.
Un crujido de emisora de radio acalló al comandante Casquete. El señor Ruiz se recostó en la cama con la mirada fijada en ninguna parte. Pensó que aquella dulce etapa REM de su sueño podía haber sido la última de su vida. La voz del salvador Casquete hizo presencia de nuevo.
- Señor, ¿está ahí?
- Sí, sí... - dijo angustiado el señor Ruiz mientras con el brazo libre zarandeaba a su mujer que gruñía a otro lado de la cama.
- No se pongan nerviosos bajen por las escaleras sin prisas pero sin pausa. Alerten a los otros vecinos. Nosotros en cinco minutos estaremos aquí. Mantengan la calma, sobretodo - PUM y colgó.
Una traviesa raya trazada por el cojín le recorría cómicamente el rostro exageradamente pálido. Sostuvo un par de segundos el auricular hasta que la terrible imagen de su hijo calcinado lo sacó del ensimismamiento.
Su mujer, fuera ya del alcance del mundo onírico le preguntó qué pasaba. La expresión petrificada de su marido la asusto muchísimo.
- Se está quemando el piso.
La mujer saltó de la cama olvidando su inseparable batín. Corrió desesperadamente hacia la habitación de Pedro, su hijo mayor y por lo visto en semejante acto reflejo, el más querido.
- Pedro, ¡¡levántate!! Por el amor de Dios, ¡¡levántate!!
A la señora Ruiz el corazón se la había encogido hasta adquirir el ridículo tamaño de una aceituna.
Pedro, veinticinco años y enganchado a los canutos, se levantó ágil e ido como un rayo y se dirigió sobresaltado hacia su uniforme perfectamente planchado de la silla.
- Mierda, no puede ser que me haya vuelto a quedar dormido. ¡Otro día tarde y me cuelgan! - balbuceaba mientras se despojaba de su pijama.
Era su último día en el turno de mañana, y eso de empezar a las seis no había manera de asimilarlo. Y menos todavía si la última cosa que hacía antes de acostarse era fumarse un canuto de proporciones elefancíacas que lo sedaba para las siguientes diez horas. Pero un involuntario aunque adecuado puntapié a la mesilla de noche le devolvió a la realidad.
- ¡¡Ah!! ¡Joder! - junto al improperio lanzó una fugaz ojeada al despertador que ajeno a todo marcaba la una y dos minutos -. Pero si son...
- Cariño, ¡que se quema la casa!
Ernesto, el pequeño de la casa a pesar de sus veintitrés años asomó por el marco de la puerta, con cara somnolienta y desencajada.
- ¿Es que no se puede dormir en esta casa? Joder, ni que hubiera un puto incendio...
El señor Ruiz, interpretándolo como una broma macabra y de muy mal gusto, lo apartó de malas maneras y corrió, perdón, esprintó hacia e humilde balcón que poseían los Ruiz. Nunca en su vida Ernesto había presenciado una aceleración semejante en una masa de ciento veinte quilos. Ni Shaquile O'Neal ni hostias. Decidió, sin embargo, seguirlo y ambos miraron al exterior. Nada. Luego abajo. Todavía menos. Pedro, el vástago fumeta, salió a la escalera pero no vio nada. Ni fuego ni humo ni sirenas ni vecinos chillando con ataques de pánico. Pedro pensó que aquello olía a chamusquina. Pero en sentido figurado, claro está. Mientras doña Ruiz empaquetaba las pertenencias básicas, el teléfono sonó otra vez. El señor Ruiz levantó el auricular.
- Aquí el comandante Casquete. ¿Qué hace todavía aquí? ¿Es que no ha entendido nuestras órdenes? - en ese momento Ernesto, el hijo descarriado, descolgó el otro aparato que reposaba adormilado en su habitación. Oyó a su padre justificarse con que estaba nervioso y desconcertado.
- Serénese, serénese - voceó Casquete con voz grave y tranquilizadora -. Nosotros ya estamos a punto de llegar... - pero se oyó una carcajada infantil, descubriendo todo el pastel. El cabrón nos estaba gastando una broma, pensó Ernesto.
La línea se cortó. Pero el señor Ruiz no se había percatado. Ernesto reunió a la familia entera y la tranquilizó.
- Mamá, deja este saco en el suelo. No se está quemando nada.
Pedro corroboró a su hermano desde la puerta de entrada.
- Aquí no se ve ni se huele nada.
- ... pero si los bomberos han llamado a tu padre... - contraatacó mamá.
Ernesto les contó que había oído una sospechosa risa histérica del supuesto bombero. Tomó las riendas de la situación.
- A ver papá, ¿qué es exactamente lo que te han dicho?
- Hmmmm, no sé, que había fuego en el tercer.
- ¿Pero quién? - quiso saber la matriarca.
- Pues quién va a ser mujer, los bomberos. Comandante Casquete se llamaba - al terminar la frase cayó en lo absurdo de nombre. Ahora lo entendía todo. Le habían tomado el poco pelo que poblaba su frenética cabeza.
Pedro soltó una larga carcajada. Ernesto la sofocó para no poner más en evidencia a su progenitor, y la señora Ruiz maldijo al anónimo y a su santa madre. Después de un intercambio de sonrisas, todos volvieron a la cama. Suerte que los Ruiz se lo había tomado con buen humor. Incluso, cosa extraña, el humillado señor Ruiz.
Cuando el sol ya llevaba un rato observando la ciudad, la señora Ruiz se levantó. Puso la cafetera en el fuego, pan en la tostadora y encendió la radio. Sin lugar a dudas era la mejor parte del día. El estado semicomatoso de espera, lo llamaba. Espera hasta que el aroma del café se iba filtrando por entre las aletas de la nariz, desperezándola a ritmo lento y agradable. La pegadiza melodía de apertura del boletín de noticias hizo acto de presencia. La locutora abrió el noticiario con voz aterrada pero profesional, dando el toque justo de dramatismo que tan bien se le daba desde su época universitaria de periodismo. Anunció que se había quemado un inmueble en la calle Antártica, sesgando la vida a siete personas. Aunque era demasiado pronto para dar cifras oficiales otras tres personas se hallaban desaparecidas. Para verificar los datos había en antena el jefe de los bomberos.
- ¿Cuál cree que ha sido el origen del incendio, comandante Casquete? - preguntó la locutora en tono excesivamente directo y sensacionalista.
- Se barajan distintas posibilidades. De todos modos, lo que no acertamos a entender es que se logró avisar a los habitantes del sexto piso...
La señora Ruiz, acongojada en su modesto pisito de la calle Antártica quedó en estado de shock. Su momento preferido del día se desvaneció, convirtiéndose en el peor de su vida a medida que sus fosas nasales inhalaban el desagradable olor de café quemado y tostadas en proceso de carbonización.